Antonio Gala e Deyanira Alarcón en Los papeles del agua


Antonio Gala Los papeles del agua

Reflexión de Deyanira Alarcón, protagonista de Los papeles del agua (Planeta, 2008) de Antonio Gala.(Web do autor)

Por el momento, la homosexualidad, masculina o femenina, perseguida o aceptada, resignada o activista, ha llenado de gloria la literatura. Y, más todavía, ha hecho por la unión y el entendimiento de las clases sociales, bastante más que las Constituciones de todos los países. Los soldados, los marineros, los obreros que se han acostado con intelectuales, en el peor de los casos han levantado puentes que ninguna estúpida persecución, religiosa o política, ha podido ni construir ni destruir. Los ambientes reservados, los parques, los bares y tabernas, los urinarios públicos, los cabarets ( lo mismo que, en la Inglaterra victoriana, los jóvenes empleados de correos) han apretado lazos menos efímeros de lo que les conviene creer a los escrupulosos que se la menean de verdad con papel de fumar. Por descontado, siempre habrá mamones que afirmen que es esa supresión de las barreras sociales, más que la homosexualidad en sí, lo que amenaza el orden público. Yo, con mi camarera Bianca, por ejemplo. ¡Antiguallas, pardillos, burras viejas! Si el orden público…. Ha sido ese contacto con las clases obreras, a través del sexo y sus anchos suburbios, y el consecuente conocimiento de una forma de vida lo que ha fortalecido los vínculos de muchos intelectuales con la izquierda. El sexo no sirve sólo para follar, mamarrachos pudibundos, que no os habéis corrido como dios manda nunca…Ni yo tampoco, es cierto.

Claro que aún hay recalcitrantes que ven no un avance sino un terrible retroceso en la normalización de la homosexualidad. A ellos les deseo, no como una venganza ni una maldición, sino como una experiencia enriquecedora, que tengan una hija o un hijo homosexuales. Y que aprendan que no hay un solo modo de vivir ese hecho. Lo peor de todo es lo que, con sus persecuciones, tales empecinados han conseguido….Ahora les toca sacrificarse a ellos. Y aprender que lo que ellos llaman respetabilidad o decoro no consiste en abolir una forma de sexualidad ni en exigir secreto o discreción: consiste en hacer respetable lo que cada corazón siente. Porque cada persona tiene una actitud propia al descubrir y al ejercer su derecho al sexo, entre mayores de edad, cualquiera sea la dirección en la que él la empuje. No respetar esta normalidad es precisamente la manera de suscitar todas las anormalidades, esas que tanto escandalizan a los burguesitos, tan dignos siempre de ser epatados y tan propensos a ello. Que les den por el saco a todos de una vez.

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